“Consigue la muerte con todos tus Apetitos,
y tu egoísmo y todos los pecados capitales”
Arthur Rimbaud
y tu egoísmo y todos los pecados capitales”
Arthur Rimbaud
-Quizás hoy o mañana me mataré. No lo sé…
Así lidiaba con mis pensamientos esa mañana al despertar. Esa idea se intensificaba y se amarraba cada vez más, hasta desgarrarse en el alma.
Por fin logré levantarme, me rasqué la cabeza y pensé que tenía que ir a trabajar. Caminé por la sala hasta llegar al baño, observaba en el espejo a un hombre demacrado por la vida inexistente. Mi niñez y juventud me parecían tan distantes, como si nunca hubieran existido para mí.
Vomité todo el viernes y pensé que era sábado, y no tenía que ir a trabajar. Volví tambaleando a mi cama y dormí hasta las cuatro de la tarde.
Desperté. Recordé que tenía que visitar a Laura, me levanté, me vestí a prisa y dejé mi resaca en un cajón.
Bajé las escaleras, crucé la calle y esperé en la parada del colectivo: ¡Era sábado, y la siesta tucumana dormía el viernes! El aire estaba cargado y anunciaba que el cielo lloraría, no importaba, yo vería a Laura.
A lo lejos, (cómo me costo pararme) refucilaba un colectivo de la línea nueve. Subí. El conductor me miró con desprecio, le pagué, y le sonreí sarcásticamente como demoliendo asquerosamente el asco que él me impregnaba. Me senté hacia el lado de la ventanilla y la tormenta que hubiese sido fue apaciguándose muy lentamente.
Adentro, una vieja gorda y fea se reía estrepitosamente, dos estudiantes conversaban muy alto, lo vagamente poético de la primavera entusiasmaba con alojarse en la ciudad.
El calor ahí dentro era sofocante, vi como el piso daba vueltas y hervía dentro de mis tripas toda mi noche. Abrí la ventanilla y alivio el vomito. Una sed abrasadora, casi desértica, me incendiaba, pero me fue leve después de un rato.
La tarde se iba deshaciendo a pedazos y el mundo movía a su gente uniformemente, rápido. El mismo colectivo se movía como la cortada cola de una iguana entre mi noche oscura, y solo una imagen se resolvía inerte en el tiempo. Un niño jugando entre la multitud, tierno, decente, ingenuo…
Ese cuadro se revolvía en un lugar donde nunca estuvo. Esa acción arranco una facción que de mi rostro el olvido se había llevado. Una sonrisa, leve, un poco tonta…Inundaba mis ojos, saciaba completamente mi desesperanza. Bajé la vista unos minutos para secar mis ojos y mantuve la cabeza baja, cuando la levanté nuevamente, me di cuenta que me había pasado tres calles del lugar de destino. Bajé del colectivo y sentí en el rostro la brisa fresca del anochecer, sólo pude pensar en los labios de Laura acariciando los míos. Esa brisa que envolvía el paladar me hacía sentir tan bien como las flores muertas.
Llegué y di tres golpes a la puerta, hasta que se convirtió en vesanica fuerza que quiso voltear la misma. Desistí. Esperé sentado en el pórtico de entrada y pensé un instante en sus abrazos de fuego, en su sonrisa tibia al verme llegar, en las dulces palabras que afluían volátiles a mis oídos…Laura.
El tiempo, cruel enemigo, avanzaba fugazmente en el mundo, mientras latía a casi estático para mí. Las casi tres horas de espera, quizás, fueron días de insignificancia.
Decidí pararme y salir de allí rápido. Casi corriendo me interné en las calles céntricas y un horrendo dolor de cabeza me hundía en la hipócrita sensatez del indefenso.
Las calles atestadas corrían en todas direcciones, un tipo robusto me rozó y casi me voltea, una vieja con cara de buena me ofreció una estampa de Cristo
- ¡Soy ateo! – Le grité casi burlándome, y seguí caminando. Realmente no lo era, pero… ¿¡Por qué ser partidario de una Dios queme abandonó!?
Necesitaba que todo se insertara en mi memoria con indiferencia, necesitaba un bar. Corrí unas calles desesperado de mí, y entre en uno. Pedí un whisky, y otro, y otro…
Una mujer se sentó a mi lado en la barra.
- ¿Cómo te llamas? – Me preguntó sensualmente. La miré de arriba abajo mientras sorbía el vaso. No recuerdo muy bien sus rasgos faciales, pero tenía cabello rubio y unas piernas larguisimas.
- Ignacio – Le respondí a secas, y la miré a los ojos (tenía ojos claros) (creo) (…)
- Hola, soy Rocío. Tenes lindos ojos…
- Dejémonos de pavadas, quiero cogerte – Le dije casi sinceramente, creí que con eso me dejaría tranquilo.
Me miró un instante a los ojos y enrojeció. Pensó, quizás, que terminaríamos en el mismo lugar de todos modos y dijo:
- Mi departamento esta cerca…
Salimos del bar y camino a su casa compramos dos botellas de whisky y cigarrillos.
- Aquí es, 3º “C” – Dijo antes de entrar al edificio.
En el elevador, un experimental y asqueado beso succionó mis labios, una cara de asco sorbió unos tragos de la botella y yo con una risita falsa, como siempre, toqué sus muslos.
En medio de una nebulosa etílica entramos a la morada. Mientras el asco recíproco se hacía soportable, nos mentíamos besos repugnantes decapitando utopías. Me empujó sobre un sofá y comenzó a desvestirse rápido, yo la observaba como a ese ser grotesco que putrefacto (igual a mí) se tiñe de mentiras. Se abalanzó sobre mí y se me montó encima, fue desprendiendo mi camisa con la experiencia de una puta barata. Derramó sobre mi torso el whisky y degustó de arriba hacia abajo, con desesperado placer por la carne, toda esperanza de amor mendigado.
La alfombra fue un carnavalesco festín de mi lujuria, pero… donde un recoveco de mi alma cayó para siempre.
Vi el rostro de esa mujer retorciéndose en el placer de la mentira. Entre gemidos pérfidos y sudor de licor barato, como un rayo partiéndome, el ser más puro de entre los ángeles martillaba para salir: Laura…
El suave abrazo amargo de su memoria atentaba en mi conciencia e intensificaba el dolor.
Me vestí a prisa y salí corriendo con la culpa del asesino a cuestas. Vagué por las calles desiertas, mientras los apestosos albores de un día nuevo reivindicaban el domingo.
Una corona de espinas, y sangre que nublaba mis ojos, y ruidos, y gallos, y gente…
Desperté en mi departamento, entre medio de vómitos de sangre y repugnantes manchas obscuras la resaca se alojaba infernal.
Mientras este cáncer crecía, mientras manipulaba mi vida, solamente dejé que ocurriera, que se internara en el necio volver de donde nunca regresamos. Después de todo, algunos sobreviven, algunos morimos y otros estúpidos se hacen fútiles a la vida.
Me levanté y caminé hacia las intranquilas manos de la sala. Revolví en el cajón, ahí estaba mi carta de despido desde hace cinco meses, la saqué.
El acero relucía de entre las penumbras, saqué una bala de entre el montón y la cargué. (Una 38 suficiente para volarme los sesos) (…)
La vos de Laura resonaba en mi cabeza diciendo: ¡No me importas! Apoyé la pistola fría en mi sien y le grité: ¡Lo haré! ¡Lo haré! Mi mano temblorosa frente al gatillo, se acobardaba muy lentamente del acto. Lagrimas de mar secaban mi rostro, me desplomé de rodillas y grité al cielo: ¡Te necesito! ¡Oh Dios! ¡La necesito!
Tomé un retrato de ella y le interrogué murmurando:
- ¿Porqué te dejaste sola? ¿Porqué un ángel susurra tu nombre? ¿Por qué no me llevaste hacia ti? ¡¿Por qué?!
Con mi mundo abatido a cuestas y mi cabeza a estallar, volví a la cama y dormí.
Desperté sin abrir los ojos, no quería abrirlos, no quería encontrarme conmigo. Con la presión de horrendos vómitos, pensé:
-Quizás hoy o mañana me mataré, no lo sé…
Así lidiaba con mis pensamientos esa mañana al despertar. Esa idea se intensificaba y se amarraba cada vez más, hasta desgarrarse en el alma.
Por fin logré levantarme, me rasqué la cabeza y pensé que tenía que ir a trabajar. Caminé por la sala hasta llegar al baño, observaba en el espejo a un hombre demacrado por la vida inexistente. Mi niñez y juventud me parecían tan distantes, como si nunca hubieran existido para mí.
Vomité todo el viernes y pensé que era sábado, y no tenía que ir a trabajar. Volví tambaleando a mi cama y dormí hasta las cuatro de la tarde.
Desperté. Recordé que tenía que visitar a Laura, me levanté, me vestí a prisa y dejé mi resaca en un cajón.
Bajé las escaleras, crucé la calle y esperé en la parada del colectivo: ¡Era sábado, y la siesta tucumana dormía el viernes! El aire estaba cargado y anunciaba que el cielo lloraría, no importaba, yo vería a Laura.
A lo lejos, (cómo me costo pararme) refucilaba un colectivo de la línea nueve. Subí. El conductor me miró con desprecio, le pagué, y le sonreí sarcásticamente como demoliendo asquerosamente el asco que él me impregnaba. Me senté hacia el lado de la ventanilla y la tormenta que hubiese sido fue apaciguándose muy lentamente.
Adentro, una vieja gorda y fea se reía estrepitosamente, dos estudiantes conversaban muy alto, lo vagamente poético de la primavera entusiasmaba con alojarse en la ciudad.
El calor ahí dentro era sofocante, vi como el piso daba vueltas y hervía dentro de mis tripas toda mi noche. Abrí la ventanilla y alivio el vomito. Una sed abrasadora, casi desértica, me incendiaba, pero me fue leve después de un rato.
La tarde se iba deshaciendo a pedazos y el mundo movía a su gente uniformemente, rápido. El mismo colectivo se movía como la cortada cola de una iguana entre mi noche oscura, y solo una imagen se resolvía inerte en el tiempo. Un niño jugando entre la multitud, tierno, decente, ingenuo…
Ese cuadro se revolvía en un lugar donde nunca estuvo. Esa acción arranco una facción que de mi rostro el olvido se había llevado. Una sonrisa, leve, un poco tonta…Inundaba mis ojos, saciaba completamente mi desesperanza. Bajé la vista unos minutos para secar mis ojos y mantuve la cabeza baja, cuando la levanté nuevamente, me di cuenta que me había pasado tres calles del lugar de destino. Bajé del colectivo y sentí en el rostro la brisa fresca del anochecer, sólo pude pensar en los labios de Laura acariciando los míos. Esa brisa que envolvía el paladar me hacía sentir tan bien como las flores muertas.
Llegué y di tres golpes a la puerta, hasta que se convirtió en vesanica fuerza que quiso voltear la misma. Desistí. Esperé sentado en el pórtico de entrada y pensé un instante en sus abrazos de fuego, en su sonrisa tibia al verme llegar, en las dulces palabras que afluían volátiles a mis oídos…Laura.
El tiempo, cruel enemigo, avanzaba fugazmente en el mundo, mientras latía a casi estático para mí. Las casi tres horas de espera, quizás, fueron días de insignificancia.
Decidí pararme y salir de allí rápido. Casi corriendo me interné en las calles céntricas y un horrendo dolor de cabeza me hundía en la hipócrita sensatez del indefenso.
Las calles atestadas corrían en todas direcciones, un tipo robusto me rozó y casi me voltea, una vieja con cara de buena me ofreció una estampa de Cristo
- ¡Soy ateo! – Le grité casi burlándome, y seguí caminando. Realmente no lo era, pero… ¿¡Por qué ser partidario de una Dios queme abandonó!?
Necesitaba que todo se insertara en mi memoria con indiferencia, necesitaba un bar. Corrí unas calles desesperado de mí, y entre en uno. Pedí un whisky, y otro, y otro…
Una mujer se sentó a mi lado en la barra.
- ¿Cómo te llamas? – Me preguntó sensualmente. La miré de arriba abajo mientras sorbía el vaso. No recuerdo muy bien sus rasgos faciales, pero tenía cabello rubio y unas piernas larguisimas.
- Ignacio – Le respondí a secas, y la miré a los ojos (tenía ojos claros) (creo) (…)
- Hola, soy Rocío. Tenes lindos ojos…
- Dejémonos de pavadas, quiero cogerte – Le dije casi sinceramente, creí que con eso me dejaría tranquilo.
Me miró un instante a los ojos y enrojeció. Pensó, quizás, que terminaríamos en el mismo lugar de todos modos y dijo:
- Mi departamento esta cerca…
Salimos del bar y camino a su casa compramos dos botellas de whisky y cigarrillos.
- Aquí es, 3º “C” – Dijo antes de entrar al edificio.
En el elevador, un experimental y asqueado beso succionó mis labios, una cara de asco sorbió unos tragos de la botella y yo con una risita falsa, como siempre, toqué sus muslos.
En medio de una nebulosa etílica entramos a la morada. Mientras el asco recíproco se hacía soportable, nos mentíamos besos repugnantes decapitando utopías. Me empujó sobre un sofá y comenzó a desvestirse rápido, yo la observaba como a ese ser grotesco que putrefacto (igual a mí) se tiñe de mentiras. Se abalanzó sobre mí y se me montó encima, fue desprendiendo mi camisa con la experiencia de una puta barata. Derramó sobre mi torso el whisky y degustó de arriba hacia abajo, con desesperado placer por la carne, toda esperanza de amor mendigado.
La alfombra fue un carnavalesco festín de mi lujuria, pero… donde un recoveco de mi alma cayó para siempre.
Vi el rostro de esa mujer retorciéndose en el placer de la mentira. Entre gemidos pérfidos y sudor de licor barato, como un rayo partiéndome, el ser más puro de entre los ángeles martillaba para salir: Laura…
El suave abrazo amargo de su memoria atentaba en mi conciencia e intensificaba el dolor.
Me vestí a prisa y salí corriendo con la culpa del asesino a cuestas. Vagué por las calles desiertas, mientras los apestosos albores de un día nuevo reivindicaban el domingo.
Una corona de espinas, y sangre que nublaba mis ojos, y ruidos, y gallos, y gente…
Desperté en mi departamento, entre medio de vómitos de sangre y repugnantes manchas obscuras la resaca se alojaba infernal.
Mientras este cáncer crecía, mientras manipulaba mi vida, solamente dejé que ocurriera, que se internara en el necio volver de donde nunca regresamos. Después de todo, algunos sobreviven, algunos morimos y otros estúpidos se hacen fútiles a la vida.
Me levanté y caminé hacia las intranquilas manos de la sala. Revolví en el cajón, ahí estaba mi carta de despido desde hace cinco meses, la saqué.
El acero relucía de entre las penumbras, saqué una bala de entre el montón y la cargué. (Una 38 suficiente para volarme los sesos) (…)
La vos de Laura resonaba en mi cabeza diciendo: ¡No me importas! Apoyé la pistola fría en mi sien y le grité: ¡Lo haré! ¡Lo haré! Mi mano temblorosa frente al gatillo, se acobardaba muy lentamente del acto. Lagrimas de mar secaban mi rostro, me desplomé de rodillas y grité al cielo: ¡Te necesito! ¡Oh Dios! ¡La necesito!
Tomé un retrato de ella y le interrogué murmurando:
- ¿Porqué te dejaste sola? ¿Porqué un ángel susurra tu nombre? ¿Por qué no me llevaste hacia ti? ¡¿Por qué?!
Con mi mundo abatido a cuestas y mi cabeza a estallar, volví a la cama y dormí.
Desperté sin abrir los ojos, no quería abrirlos, no quería encontrarme conmigo. Con la presión de horrendos vómitos, pensé:
-Quizás hoy o mañana me mataré, no lo sé…


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